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Número 168 de Julio de 2003

 
 


ÁFRICA: LA LUCHA DE UN CONTINENTE
LAS GUERRAS SILENCIADAS DE ÁFRICA

Raúl Marco dirigente de la Organización Comunista Octubre, de España.

El 19 de septiembre del pasado año, en Costa de Marfil estalló un golpe de Estado. Es el sexto en menos de seis años, y en menos de seis años las víctimas de las intentonas militares se han multiplicado por miles. No sólo mueren los soldados, o los enrolados como tales, niños y mujeres mueren sin piedad. El mundo civilizado y democrático. Sólo alguna agencia publica algunas líneas sobre lo que se calificó, primero de motín, luego de golpe de Estado y posteriormente de rebelión.(1)

El continente africano vive en continua tragedia, no hay zonas o regiones en los que no surjan conflictos armados, masacres de civiles, asesinatos, torturas, violaciones. Tragedia que golpea a todo el continente, un continente expoliado, en el que grandes potencias compiten por desplazarse y apoderarse de las grandes riquezas del continente africano, cuyos países cuentan con fronteras trazadas por las potencias coloniales con regla y cartabón.
Las noticias, siempre escasas, intencionadamente confusas, a menudo tergiversadas y sesgadas, ofrecen la «explicación» de que esas luchas son conflictos étnico-tribales. Nada o muy poco se dice sobre el fondo real de los problemas en África, sobre la base de la trágica situación de los pueblos de ese continente, base esencialmente ligada a la economía internacional y a las contradicciones entre capitalistas, entre las multinacionales.
Tanto las potencias colonialistas como los señores de la guerra africanos hablan de democracia, de derechos humanos, de alfabetización, etc. Bellas palabras. Mas los hechos, tozudos ellos, demuestran que esas bonitas palabras no son más que eso, palabras. Durante años esas mismas potencias han mantenido descaradamente a regímenes militares o dictaduras de clan, familiares. No olvidemos a «nuestro» Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial...

En España, la España de la transición «modélica» que quiso enterrar las ilusiones y esperanzas de los que habíamos luchado durante años contra la dictadura, sin lograrlo, pues -la esperanza pervive- en los llamados medios apenas se lee u oye algo sobre lo que sucede en África, salvo chistes como la hazaña de los hombres del opusdeísta Trillo asaltando el islote Perejil con grave riesgo de sus vidas y, sobre todo, de las pocas cabras que allí pastaban.

Que España, como «potencia» colonialista, sólo mantenga Ceuta y Melilla y algunos islotes no justifica el silencio que tanto los gobiernos como los medios guardan sobre África. Elocuente es, empero, el abandono y traición que los gobiernos monárquicos han cometido con el pueblo saharaui, cuyo país será entregado, a buen seguro, al sátrapa marroquí, que reclama el Sahara como «una provincia más de Marruecos». La ONU, y las manipulaciones entre bambalinas de estadounidenses y franceses (ténganse en cuenta las riquezas en fosfato, petróleo, etc.) harán que el gobierno español, siempre sumiso y obediente, una vez más, traicione a ese pueblo que lleva veintisiete años de lucha por su independencia.

Pese a la destrucción sistemática que se lleva a cabo, y la explotación irracional de las riquezas del suelo, África posee todavía oro, diamantes(2), petróleo, café, cacao, cobalto, etc., amén de una gigantesca reserva de mano de obra barata, y también, llegado el caso, de carne de cañón. Lo fue en la I Guerra Mundial, y lo fue también en la II, para franceses, ingleses y alemanes.

Sin embargo, ese continente vive continuas guerras, escaramuzas, matanzas. Son los apetitos colonialistas, antes, y de los neocolonialistas ahora, los que azuzan esos conflictos, arman a unos señores de la guerra contra otros, exacerban las rivalidades étnicas, provocan, en aras de sus intereses, masacres horribles.

Volviendo a la situación en Costa de Marfil, no está de más recordar que se encuentra en una zona en la que las guerras no han cesado desde los años sesenta, en que sus países accedieron a una independencia tutelada generalmente por sus antiguas metrópolis.
Baste recordar algunos casos de los más escandalosos y en los que las potencias extranjeras desempeñaron un papel siniestro.

Ruanda. Masacre de tutsis y hutus. Oficialmente, el genocidio de los tutsis en Ruanda tuvo lugar en 1994, mas anteriormente hubo varias matanzas (progroms), hasta llegar a la de 1994, que se saldó con un millón de tutsis asesinados. El diario belga Le Soir escribía al respecto: se trataba de arrastrar al mayor número de personas [de hutus] en esa locura criminal, con el doble propósito de comprometer al máximo de gente, y de ser lo más eficaces posible. El resultado es elocuente: un millón de muertos y miles de asesinos.
Las causas de esa matanza, cómo no, tienen que ver con la posesión de las riquezas naturales del país. Los tutsis, en su mayoría ganaderos, habían sido favorecidos por los colonialistas alemanes, y cuando estos fueron derrotados en la I Guerra Mundial, fueron sustituidos por los belgas, que siguieron con la misma política, en detrimento de los hutus -agricultores-, que eran relegados, se les negaba el acceso a las escuelas, enseñanza, etc. Siendo mayoritarios en el país, eran sometidos por la minoría tutsi que los trataba como a siervos.

Los misioneros católicos se dedicaron a adoctrinar a los hutus y a inculcarles el sentimiento de ocupar su lugar mayoritario en el país. Ambas etnias estaban repartidas en dos países, Ruanda y Burundi, curiosamente los dos únicos países cuyas fronteras existían antes de la llegada de los colonizadores. Y no fueron modificadas. En 1962, al acceder a la «independencia» Burundi, los jefes y cabezillas hutus fueron casi exterminados por los tutsis. Al mismo tiempo, en Ruanda, fueron los hutus los que masacraron a miles de tutsis, exiliándose otros cuantos miles a Uganda y Ruanda.

La horrible masacre de 1994 en Ruanda en la que perecieron un millón de tutsis fue impulsada, y luego permitida, por las potencias extranjeras presentes en la zona, que en vez de intervenir y parar la matanza, retiraron sus tropas bajo pretexto de no injerencia... La ONU se limitó a redactar alguna resolución que, naturalmente, no fue aplicada.

Sierra Leona. País donde «los niños no van a la escuela, van a la guerra». Grandes riquezas y recursos forestales y agrícolas, oro, bauxita, diamantes... «Independiente» desde 1962, pese a ser un país rico, está considerado como uno de los más pobres del mundo. Mientras las potencias extranjeras se apoderan de sus riquezas, el país sufre continuos enfrentamientos armados entre las castas y camarillas, unas de los criollos, otras de los neocolonialistas. Ambas emplean mercenarios marroquíes, ingleses, belgas, alemanes... La paz no ha existido ni un solo día en la independiente Sierra Leona.
En 1991, Charles Taylor, Presidente de Liberia, creó su propia guerrilla en Sierra Leona (con total desprecio por la soberanía del país vecino), que rápidamente se implantó -con apoyo local- en el este y sur del país, librando sus propias batallas y apoyando las guerrillas locales, o combatiéndolas, según sus propios intereses.

En Sierra Leona, los niños, ni siquiera adolescentes, niños de diez y once años, son reclutados a la fuerza, arrancados a sus familias y aldeas, adiestrados militarmente, drogados, alcoholizados. Las niñas no corren mejor suerte: son usadas como esclavas sexuales.
Es otra, una más, de esas guerras que se desarrollan en África, una guerra olvidada, silenciada.

Liberia. Es la más antigua república de África, independiente desde 1847. Creada por los EE.UU. de América, al igual que Sierra Leona, con esclavos liberados. Es una auténtica colonia yanqui, con una Constitución calcada de la de EE.UU.

Desde el principio de su existencia, tuvo actitudes imperialistas hacia sus vecinos, lo que provocó contínuos enfrentamientos, particularmente a raíz de la independencia de aquellos países en los años sesenta. Es un país donde se han sucedido motines, golpes de Estado, revueltas, con sus cohortes de asesinatos, secuestros, torturas y violaciones. En varias ocasiones, la ONU y las asociaciones de los Derechos Humanos han denunciado la práctica de la tortura contra los opositores al gobierno de turno. En noviembre del año pasado, Amnistía Internacional denunció la utilización de los llamados niños soldados (al igual que en Sierra Leona).

Al hacerse con el poder, Charles Ghankay Taylor, autócrata (gana siempre las elecciones con el 100 por 100 de los votos) obsesionado con la creación de la Gran República Islámica de Guinea, se incrementaron las acciones militares contra sus vecinos, el envío de «voluntarios», como en Sierra Leona, Costa de Marfil, etc., y sobre todo la represión feroz contra los opositores a su gobierno.

Situaciones semejantes se viven y se producen regularmente en otros países del África Occidental, como Mali, Benín, Guinea, al igual que en África entera. Cosas de negros y salvajes que no saben adaptarse a las costumbres civilizadas y democráticas de Europa y Estados Unidos..., nos insinúan los medios de difusión europeos.
Vale la pena analizar, ver al menos, lo que sucede en estos momentos en Costa de Marfil, país con el que iniciábamos esta breve exposición sobre las atrocidades silenciadas que se suceden en el continente más próximo a España.

Costa de Marfil es el primer país productor de cacao del mundo; el segundo en café y algodón. Cuenta con gran riqueza maderera, frutícola, arrocera, caucho, azúcar, y su aún poco desarrollada extracción de petróleo y gas natural cubre sus necesidades. Su red de comunicaciones (en manos francesas) hace de Costa de Marfil un punto neurálgico para África Occidental. Es, pues, un país rico donde la población vive en su mayoría en la más negra miseria; el sida, al igual que en otras zonas africanas, como Benín, Ghana, Nigeria, etc., es ya una epidemia, sin que las grandes potencias, que cuentan con medios para atajarla, hagan el más mínimo esfuerzo.
Con unos 15 millones de habitantes y 4 de inmigrantes (de los cuales tres millones de Burkina Faso), la mortalidad infantil es del 8,7 por 100; la esperanza de vida, de 47 años; el analfabetismo, de un 46,2 por 100 en los hombres y un 62,8 en las mujeres. Hay alrededor de 60 grupos étnicos y otros tantos dialectos, siendo el francés el idioma que sirve de puente entre unos y otros, pese a que buena parte de la población lo ignora.

En esas condiciones, los capitales extranjeros para conseguir sus intereses en detrimento del competidor explotan las rivalidades tribales, étnicas, de familias. Únase al analfabetismo señalado que el 37 por 100 de la población es musulmana, el 26 por ciento cristiana, y el resto de creencias tradicionales, algo que también es utilizado interesadamente.

En octubre de 2000, en unas elecciones plagadas de irregularidades, violencia «pucherazos», se proclamó presidente Laurent Gbagbo, autócrata y hombre de confianza del Partido Socialista Francés (Michel Rocard se refería a Gbagbo como «mi camarada»). Esa elección parecía que iba a poner fin a los varios años de luchas y golpes militares que se produjeron después de la muerte del dictador Hufuet Boigny en 1993.

Boingy (que antes de la independencia de su país había sido parlamentario en Francia) aprovechó sus mandatos para enriquecerse descaradamente, dejó al país sumido en una grave crisis económica y política. Reprimió a sangre y fuego las manifestaciones, encarceló a los dirigentes de la oposición, entre ellos al actual presidente Gbago, socialdemócrata. Con su muerte, acabó el dominio absoluto de su partido, el PDCI, y surgieron nuevos partidos.

En diciembre del 99, el antiguo jefe del Estado Mayor Guei derrocaba al Gobierno y a la cabeza del Ejército y, apoyado por una parte de la población que sufría duramente la crisis, se hizo con el poder, no sin violentos combates en los que murieron varios centenares de personas. Parecía que Guei, que contó, con un apoyo popular real, iba a terminar con los métodos de sus antecesores; permitió el funcionamiento de otros partidos de la oposición, como el RDC, dirigido por Ouattara (que había sido alto funcionario del Fondo Monetario Internacional) y el FPI de Gbagbo.

Pronto Guei cayó como sus predecesores en la xenofobia, el autoritarismo y la represión popular. De acuerdo con Gbagbo, Guei aísla a Ouattara con la acusación de no ser auténticamente marfileño. Pero es Gbagbo, con el apoyo de la socialdemocracia francesa, quien ganará las elecciones de 2000. Se relanza la xenofobia y 172 partidarios de Ouattara son asesinados en Abiyán, mientras que la Gendarmería desplaza a Guei.

Y llega la sublevación militar del 19 de septiembre de 2002. En los primeros días nadie sabía quién estaba detrás, o al frente de la intentona. Algunos medios de información pretendieron que se trataba de una rebelión del norte contra el sur (de nuevo las rivalidades étnicas y tribales). Los amotinados tomaron los cuarteles de Abiyán, y Guei fue asesinado al igual que el ministro del Interior, Boga Doudou (íntimo del presidente Gbabgo).

Ouattara, jefe del partido del norte, el RDR, apartado anteriormente por Guei, fue atacado, y tuvo que refugiarse en la embajada francesa. Las ciudades del norte Buaké, que es la segunda del país, y Korhogo quedaron en manos de los sublevados. Las matanzas, ajustes de cuentas, liquidaciones, se suceden, mientras que las tropas francesas organizan la evacuación de sus compatriotas el 25 de septiembre. En un primer momento, el Gobierno francés no apoyó abiertamente al gobierno de Gbagbo, mientras que este exigía la aplicación de os acuerdos de defensa mutua, con el pretexto de que la sublevación era la obra de países extranjeros, «países golfos» los llamó en el mejor estilo de Bush, atacando en primer lugar a Burkina Faso y calificándolo de «Estado peligroso» por su apoyo a los rebeldes y su «mal ocultada ayuda» a la Liberia de Taylor y a los rebeldes de Sierra Leona.

Los EE.UU. enviaron tropas a Costa de Marfil, instalándose en una base creada por ellos en Yamasukro (capital de Costa de Marfil, aunque la ciudad más importante es Abiyán). Estados Unidos justifica su intervención, ante la incapacidad de Francia para imponer orden. Ante la evidente intención de los estadounidenses de implantarse en África, y en este caso en detrimento del colonialismo francés, este envió nuevas tropas, armas, municiones para el ejército de Gbagbo, así como apoyo logístico, etc., modificando así la situación e impidiendo que los sublevados tomaran Yamasukro.

Es un nuevo campo en el que se manifiestan las contradicciones entre las fuerzas imperialistas, pues además de Francia y EE.UU., los británicos también buscan lograr algunos beneficios. Y mientras tanto, el baño de sangre continúa. Uno más en ese desdichado continente.

Y crece el peligro de generalización del problema. Los países vecinos de Costa de Marfil, es decir, Liberia, Guinea, Mali, Burkina Faso y Ghana, tienen sobradas razones para temer un nuevo y mayor estallido de la violencia, de las masacres. Nigeria, principal país de la Comunidad Económica de Estados de África del Oeste (CEDEAO), envía una escuadrilla de aviones de caza y se propone para liderar una fuerza de paz. Ghana decide el principio de enviar una fuerza de interposición. Los EE.UU., por el contrario, envían sus tropas, crean bases (es la primera vez que allí se instalan los EE.UU. pese a las tímidas protestas del Gobierno francés), dan una mísera ayuda de 1 millón de dólares para los refugiados de los diferentes países implicados, pero se oponen a que la ONU intervenga y envíe una fuerza de paz.

Aunque confusos los datos obtenidos, parece ser, confirmado por diversas fuentes, que el golpe iniciado el pasado 19 de septiembre fue preparado y financiado por las multinacionales francesas (no podemos creer que el Gobierno de Chirac lo ignorase), que ven cómo poco a poco otras multinacionales (estadounidenses, británicas, alemanas, españolas) van haciéndose con parte del botín. De nuevo las contradicciones intercapitalistas alumbran un fuego que puede arrasar la región.

La preocupación entre las fuerzas democráticas de la zona (pues haberlas, haylas) crece, pues si la guerra se generaliza -y son muchas las posibilidades de que así sea-, habría graves repercusiones económicas y humanitarias: desplazados, refugiados, más asesinatos y destrucciones. Burkina Faso, por ejemplo, cuenta con unos tres millones de ciudadanos emigrados a Costa de Marfil, de los cuales obtiene cerca de cien millones de dólares. Además de los burkinabés, existen emigrantes de Mali, Ghana, Benín, etc., aproximadamente un 26 por 100 de la población, cuyo regreso a sus países crearía también serios problemas.

En los cuatro meses que dura el conflicto en Costa de Marfil, se han firmado dos o tres treguas. Ninguna ha sido respetada. Ahora, el 26 de enero, en París se ha firmado un acuerdo de paz. Al día siguiente, la embajada francesa en Abiyán fue incendiada por partidarios de Gbagbo. Y el día 29, el canciller de España es bajado a golpes de su coche y apaleado en pleno centro de Abiyán. Es un acuerdo de paz que no satisface plenamente a nadie: Gbagbo sigue de presidente, pero los rebeldes del Movimiento Patriótico se hacen con los ministerios de Interior y Defensa.

En una declaración públcia hecha semanas antes, el PCRCI exigía: alto inmediato a los enfrentamientos reaccionarios, para acabar con los sufrimientos del pueblo. [...] denunciamos el carácter reaccionario de estas luchas, la intervención de los imperialistas y de cualquier injerencia extranjera, la campaña de xenofobia. [...] llamamos a la solidaridad entre los pueblos hermanos, y denunciamos las violaciones de los derechos humanos. [...] pedimos la abrogación de la Constitución por reaccionaria, así como las leyes latifundistas.

Los acuerdos firmados en París dejan en el aire problemas esenciales para la paz, como es, por ejemplo, la supresión de la xenófoba política de marfileñidad (ivoirité), utilizada por las castas reaccionarias para dividir y enfrentar a los pueblos de Costa de Marfil.

* * *


Por poco que se analice la situación, puede verse que las causas, varias, de la situación de los pueblos de África no son las rivalidades étnicas. Hay que ir a la fuente de esos problemas, y estas tienen nombre y apellidos: pillaje, explotación, masacre de poblaciones, destrucción de sistemas sociales, violación de la independencia, reparto geográfico de las tierras, conquistas de territorios a sangre y fuego por parte de los colonialistas, con exterminio de buena parte de la población autóctona, esclavitud en el sentido literal del término apenas disimulada...
Existe, al menos ha existido hasta ahora, interés de los colonizadores por mantener el subdesarrollo social, económico, cultural. Los planes elaborados y aplicados más o menos por la fuerza en los distintos países africanos por el FMI y otras instancias financieras internacionales han producido resultados sorprendentes: allá donde esos planes se han aplicado, los países no sólo no han salido de su atraso, sino que son incapaces de pagar los intereses de los préstamos otorgados. Nada extraño cuando se sabe que por cada dólar prestado esos países deben devolver el doble, y según pasa el tiempo, más y más y más.
La deuda externa de esos países es una soga al cuello de sus pueblos. Eso también es globalización.

* * *


He convivido en plena guerrilla con el pueblo etíope en la zona de Tigré; he compartido penurias con argelinos y cavilas; me honro con la amistad y camaradería de burkinabés, de gente de Benín, de Túnez y Marruecos. Tengo que cerrar los puños con rabia ante la barbarie que practican los civilizados globalizadores de París, Londres, Washington, Madrid, etc., contra esa amada África, silenciada, expoliada, saqueada, y sus gentes, maravillosas gentes, casi olvidados por los bienpensantes de todas partes.

(1) Fuentes de información: Le Monde Diplomatique; La Forge, del PCOF (Francia); Afrol News; Colectivo de Organizaciones Democráticas de Burkina Faso; PCR de Costa de Marfil; revista «Pueblos» de Madrid.
(2) Del tráfico y comercio que se lleva a cabo con los diamantes, dan idea estas simples cifras: En Angola, el movimiento UNITA, obtuvo en menos de diez años, 4,5 billones de dólares. Los cabecillas de Liberia a lo largo de los años noventa, obtuvieron entre 25 y 125 millones anuales de dólares. Ídem de ídem en Sierra Leona.

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