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Número 165 Abril de 2003

 
 

La fingida oposición a la guerra de "Humanistas por la Paz"

Caso Tijuana

 

El preludio e inicio de la invasión a Irak ha despertado una serie de manifestaciones en contra. Aunque dicha inconformidad varía en diferentes aspectos, el pacifismo domina todos los campos. Veamos, por ejemplo, el caso más visible de dicha oposición en Tijuana, encabezado por "Humanistas por la paz", en cuya dirección política figuran desde intelectuales, militantes del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y representantes de diversos sectores de la clase media, entre otros.

Desde hace meses, este grupo lleva a cabo una serie de movilizaciones “por la paz”, como secuencia que inició tras los avionazos sobre las torres gemelas, el 11 de septiembre de 2001; donde se manifestaban a favor de la paz y contra el terrorismo. Así, podemos iniciar la crítica. De entrada, podemos decir que no es suficiente manifestarse a favor de la paz y contra la guerra o “toda manifestación de violencia”. Este tipo de manifestaciones traen consigo el sello de los intereses políticos, económicos y sociales de una determinada clase social o de un sector de clase específico. Es el grito desesperado de una fracción de la clase media, preocupada ante la pérdida de sus privilegios, ya que al fin de cuentas, su situación estable la ha conseguido a partir del sistema de explotación del hombre por el hombre: el capitalismo.

Su crítica moral carece de salidas concretas y revolucionarias al problema, pues no pretende transformar, mucho menos abolir, el modo de producción capitalista. La guerra, derivada del interés de maximizar la ganancia capitalista, simboliza una oportunidad de fractura en el sistema del que se han beneficiado. Estos intelectuales, profesores y “ciudadanos sin partido” pintados de amarillo, nunca se han opuesto a la esclavitud asalariada a la que se ven sometidos los obreros y el pueblo en general. Nunca han opuesto resistencia a la farsa electoral, que enmascara y maquilla la sociedad actual de explotados y explotadores que en los hechos reivindica. Peor aún, participan del circo electoral y utilizan estos “actos de la sociedad civil” para proyectar sus futuras campañas. Esa es la paz que buscan, la paz de los sepulcros para los pobres, y la paz de los beneficios para ellos. Es muy fácil convertirse en pacifista de la noche a la mañana, pero es complicado asumir que la solución no se limita a exigir la restitución de la paz burguesa, sino entender cuál es el origen de la guerra y cómo puede ser combatida y eliminada de raíz. Esto, a nuestros “humanistas” dirigentes les importa poco.

La guerra es un mal propio del capitalismo. Incluso, un “mal” necesario para los capitalistas. A través de ellas, buscan revertir las recurrentes crisis de sobreproducción, comerciales o financieras. Se anexan mercados para vender sus mercancías, controlar la extracción y uso de un mayor número de materias primas, dominar política y militarmente una región equis, prueban sus adelantos tecnológicos y militares, y mantienen a raya a capitales imperialistas rivales. De tal modo que en el capitalismo las guerras encuentran su hábitat natural. Ningún anhelo utópico y charlatanesco podrá contradecir lo anterior. Y mientras, nuestros “humanistas por la paz” idealizan hasta el extremo los “tiempos de paz” que el capital concede a los obreros y al pueblo. En dónde los niveles de explotación, enajenación y miseria están dentro de la “legalidad”.

En verdad, dentro del capitalismo sólo existe democracia burguesa o fascismo. Por ello, para transitar hacia una oposición consecuentemente revolucionaria contra la guerra, debemos levantar nuestra lucha combativa contra el mismo capitalismo, la burguesía y el imperialismo. Cómo se mencionaba en un número anterior de Vanguardia Proletaria, a los pobres no les beneficia la democracia burguesa; sólo encontrarán una solución peleando por resolver la contradicción entre Socialismo o barbarie. Única salida real y revolucionaria posible. Como los hechos lo han confirmado, el apelar para que los imperialistas y sus aliados ricachones en el mundo se apeguen a “la ley”, mantengan un voto por la paz o respeten la autoridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), son puras consignas huecas y baratas. Es dar píldoras adormecedoras para un cáncer. Los imperialistas y sus propósitos no encontrarán límites en estos aspectos o instancias, basta con destruir o ignorar a los propios organismos que ellos han creado, cuando éstos obstaculizan sus fines supremos. Tal cual se hizo con la ONU o la OTAN. Vemos que la táctica de nuestros amigos “Humanistas por la Paz” se ha ido al bote de la basura, gracias al desarrollo concreto de los acontecimientos.

Los “humanistas” están muy orgullosos de aglutinar el descontento de los grupos de la pequeña burguesía. La totalidad de la base espontánea de dicho movimiento habría que decirlo no es necesariamente igual que la dirección de “humanistas”. Entonces, la crítica la seguimos enfocando a la cabeza tangible de la organización. Emborrachados por su conciencia de clase, han lanzado flores a los “grupos de riquillos” de las universidades privadas que han conseguido convocar. Piensan que eso será necesario para convencer y conseguir el restablecimiento de la paz de los ricos. Esto es rotundamente falso. Nosotros afirmamos que sólo la clase obrera y las masas populares manifestándose violenta, combativa y revolucionariamente contra la guerra y el capitalismo en general, pueden frenar la invasión a Irak. Sólo oponiendo el movimiento revolucionario y una conciencia de clase revolucionaria, podemos triunfar.

En resumen, los “humanistas” actúan como conservadores y anti-populares al aferrarse a ver sus intereses de minoría como los de toda la sociedad y querer la tranquilidad de la no violencia, pues es la que más dividendos puede dejarles. Mientras sigan defendiendo a la propiedad privada, al capital y a la democracia burguesa, jugarán, independientemente de sus intenciones, un papel reaccionario.
En sus marchas, los “humanistas” llaman a todos a vestirse de blanco, a no llevar ningún tipo de propaganda política, a no gritar consignas “violentas” ni antiyanquis. Mientras, ellos reparten el “Himno a la alegría” y gritan por el cumplimiento de las normas burguesas internacionales, como si realmente esas leyes y organismos estuvieran por encima de los intereses económicos de las potencias gran burguesas que los idearon. Pero las buenas intenciones de los pacifistas no son la realidad; así, no pueden imprimir su sello a todas las manifestaciones contra la guerra, que abren la conciencia del carácter de clase de la misma. A pesar de todo, por ejemplo, los pacifistas humanistas no pudieron evitar durante la marcha y plantón en la línea internacional en Tijuana (29 de marzo), que los grupos más radicales que acudieron a la confluencia de marchas, rompieran y quemaran una bandera gringa, bajo la vigilante mirada de la policía norteamericana. Los “humanistas” en Tijuana corren a los militantes del FPR que llevan sus banderas rojas de la hoz y el martillo, pero no pueden evitar la circulación de la propaganda comunista y la “contaminación roja” de su contingente.

Es inevitable, la hoz y el martillo aplastará la tímida paloma blanca pacifista. La guerra es la manifestación más alta de la política. Los obreros, los campesinos pobres y todo el pueblo pobre deben tomar partido. Los comunistas tenemos el deber de convertir la crítica a la guerra imperialista en crítica y práctica contra el orden de esclavitud asalariada, contra el capitalismo.


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